El baile para el desarrollo psicomotor de los niños

La psicomotricidad hace referencia al control que el niño progresivamente va adquiriendo de su propio cuerpo y que le permite entrar en contacto con los objetos y las personas a través del movimiento. Es un concepto que une la maduración biológica con la interacción social, debido a que es necesario un sistema nervioso central, músculos y huesos maduros y un entorno que ofrezca las oportunidades para la exploración y la práctica.

La psicomotricidad va más allá del conocimiento que el niño adquiere sobre su esquema corporal,  lateralidad, flexibilidad y coordinación motora. Influye a nivel cognitivo, en capacidades como atención, concentración, memoria, visión, audición e imaginación, y a nivel social le permite al niño conocer el medio que le rodea y adquirir las habilidades necesarias para relacionarse en el.

El desarrollo psicomotor está marcado por una serie de hitos o logros que los niños dominan antes de avanzar a otros más complejos tales como levantar la cabeza a los 3 meses, hacer pinza con los dedos a los 9 meses, caminar al año y el control de esfínteres alrededor de los 2 años. Los niños comienzan aprendiendo habilidades sencillas que luego se combinan y dan paso a una variedad de movimientos más amplios y precisos.

Incluye la psicomotricidad fina que es uso de los grupos musculares pequeños en actividades como escribir o abotonarse la ropa, y la psicomotricidad gruesa o coordinación de grupos musculares grandes en actividades como caminar y saltar. Por ello es necesario trabajarla a través de juegos o actividades que lo ayuden a adquirir una mayor autonomía de sus movimientos.

En el caso de la psicomotricidad fina son útiles actividades como jugar con plastilina, pintar con los dedos y con los lápices, así como los juguetes que requieren encajar piezas de diferentes formas y tamaños. Por su parte, actividades como la natación, el correr y el saltar favorecen la psicomotricidad gruesa.

Una alternativa es el baile porque permite enriquecer y ampliar la experiencia motriz del niño al proporcionarle los estímulos necesarios para que desarrolle sus capacidades motrices, expresivas, cognitivas y sociales. Los niños consiguen un mayor control de los movimientos de su propio cuerpo y desarrollan las nociones de lateralidad, orientación en el espacio y en el tiempo cuando es practicada desde temprana edad. Todas estas capacidades, a su vez, favorecen el aprendizaje de la lectoescritura, debido a que la percepción y la coordinación motora están estrechamente relacionadas con las habilidades escolares.

Además, el baile es una actividad social. Su práctica permite mejorar la integración del niño en un grupo, su comunicación y su relación otros niños. Favorece que conozca sus potencialidades y con ello una mejor percepción de sí mismo, con una mayor autovaloración, lo que impulsa el aprovechamiento de sus cualidades físicas e intelectuales.

Es una actividad que no tiene límite de edad, incluso los bebés se benefician de ella a través de los movimientos guiados por sus padres, por lo que es apto para todo el mundo. Además la música que suele acompañar al baile, también favorece el desarrollo cerebral del niño. Es importante, en todos los casos, adaptar las actividades a la etapa de maduración en la que se encuentre, existiendo una serie de habilidades musicales y psicomotoras que se van adquiriendo acordes con estas etapas.

Por todo esto es importante proveer al niño de un ambiente que promueva el aprendizaje de habilidades psicomotoras y su práctica, a través de la guía, motivación y reforzamiento de sus padres. Lic. Liliana Ferro Y./ Psicólogo Clínico/ 0416-623.79.02

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